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La VELE y cómo NO combatirla

Aporte de Krakenzero

El Barti escuchando al pueblo (?)
El Barti escuchando al pueblo (?)

 

Se encuentra vigente una vez más en nuestro fútbol (¿y cuántas van en los últimos años?) la discusión sobre la Violencia en los Estadios, hijo tardío medio retrasado (?) de la relación entre el fútbol y la hinchada y que se ha enquistado en la casa de sus padres sin ganas de salir a buscarse un trabajo, una novia o al menos hacer el aseo (?). Hay muchos lugares comunes sobre el tema en cuestión (la responsabilidad de los clubes, el rol del estadio, la educación y cultura, la idiosincrasia, etc.) pero en este post pretendo dar algunas directrices de cómo combatirla y prevenirla estableciendo qué debería funcionar y qué no.

Partamos por establecer que esta batalla se viene dando hace ya muchos años en diversas partes del mundo, con el virus replicando y mutando a gran velocidad en diversas formas y expresiones y con un nivel de desarrollo bastante básico y pobre de las soluciones en la gran mayoría de países, incluyendo Chile donde el fenómeno se empezó a generalizar hace más o menos 20 años y no ha hecho sino crecer, por más que a Cristián Barra le guste pensar lo contrario.

Continuemos definiendo la Violencia En Los Estadios para efectos de este análisis, en adelante VELE (porque me gustan los ADCL(?)): con estos nos referiremos a los actos de violencia en –o alrededor de- el estadio que involucran participación de agentes que a) no participan directamente del juego sino que son parte del entorno de éste, y que b) pueden ser o no responsabilidad directa de estos agentes. Para ilustrar a), digamos que Candonga Carreño noqueando a medio equipo de Provincial Osorno o Chiqui Chavarría lesionando a propósito a Enzo Francescoli no serán considerados como VELE, pero sí Fernando Meneses recibiendo un rollo de papel de parte de un hincha. Para ilustrar b), un tablón cediendo o una reja cayendo son ejemplos tan válidos como, digamos, una bailarina brasileña tirando una bengala a la cancha.

 

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Una vez ya definido el concepto debemos preguntarnos: ¿a quiénes afecta? Si bien en la práctica el agente afectado por la violencia puede ser cualquiera, algunos se encuentran más expuestos que otros. En la práctica existen perjudicados física/sicológicamente y perjudicados desde la parte económica: en el primer caso es el receptor de la violencia, que puede ser un participante del juego en sí (jugador, miembro del cuerpo técnico, árbitro o incluso pasapelotas) o agentes externos como un policía, guardia de seguridad, miembro de la prensa o espectador. Dada la condición a) que pusimos antes, se puede concluir que estos últimos son los más expuestos, por cuanto en los estadios suele existir un “bloque sanitario” que establece distancia entre participantes y observadores y evita (aunque no totalmente) que esta violencia toque a los primeros. En cristiano: los observadores (en su mayoría hinchas) se llevan la peor parte.

Luego hay que pensar en los afectados desde la parte económica: aquellos que tienen que responder por los daños materiales y/o demandas relacionados con los actos de VELE. Se tiende a pensar en los clubes dado que son los entes privados organizadores del evento y que deberían cumplir con las garantías de seguridad, pero es común olvidar otro agente: el Estado, que es dueño del casi 90% de los recintos utilizados para la práctica profesional del fútbol en Chile, que contribuye con personal propio pagado por él en el exterior y a veces interior de los recintos para garantizar la seguridad, y que en última instancia recibe la gran mayoría de querellas por concepto de VELE. Y, por si se le olvida, el Estado de alguna u otra forma somos todos. O sea, después de los hinchas, el más afectado –económicamente hablando- eres tú.

Teniendo el qué y quiénes, queda establecer el por qué se produce. En lo personal considero que para que se produzca VELE deben cumplirse 2 condiciones básicas: Primero, que exista un entorno físico con elementos que la hagan una posibilidad; segundo, que existan los incentivos adecuados para que se desencadene. En cristiano, que se pueda y que se quiera (?). Si bien es cierto que lo primero lo evitas haciendo que todos asistan amarrados y sin elementos contundentes/botellas/ropa, entendemos que esto podría ir reñido con alguno que otro (?) derecho universal postulado por la ONU y que otros tipos de entretenimiento (como el cine, el teatro, la lucha libre o los megaconciertos) no han tenido que llegar a esos términos para erradicar el problema. De hecho, muchos de estos se realizan en establecimientos que son un ejemplo de seguridad y confort sin caer en lo invasivo para el espectador: incluso el Movistar Arena, vinculado a hechos de violencia grave en su reinauguración en el 2000, hoy es un modelo a seguir en este ámbito. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué un Lollapalooza con 70 mil personas 2 días seguidos prácticamente no tiene incidentes de importancia y un Audax – Colo Colo con 10 mil tipos 2 horas en La Florida termina siendo Vietnam?

 

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Por supuesto, parte de la diferencia puede explicarse a través del tipo de asistente a estos eventos, lo que nos lleva a la segunda condición: los incentivos o motivaciones. ¿Quiere el hincha provocar daño al hincha rival/jugador/árbitro/técnico/pasapelotas? ¿Quiere el carabinero repartir lumazos/guanacazos/gases a todo el que se aproxima al recinto? ¿Quiere el encargado de seguridad que se produzca una batalla campal al interior del área que le corresponde proteger? ¿Quiere el organizador que las estructuras/tablones/rejas del estadio colapsen afectando a los espectadores que pagan su entrada? Y bueno, quizás en algún nivel o milésima de segundo sí lo quieren (?). Pero quiero creer que a priori no es así, que por muchos goles que le haya hecho a su equipo el chipamogli no se levanta ese día pensando que hoy sí va a acertarle el piedrazo en la cabeza al 9 rival o a Rumiano(?) o que la marraqueta estará más crujiente tras dejar muertos o heridos a varios hinchas de la contra, que el cabo quiere tener una jornada tranquila para poder llegar temprano a ver a su familia, etc. en definitiva, que el 99% de participantes razonan igual que aquellos que van al cine o a un concierto. El que organiza el asunto, el que lo coordina y el que consume el producto pueden ser un poco distintos pero no son TAN distintos. Entonces me vuelvo a preguntar, ¿dónde está la diferencia?

Comparando los estadios con lo que son el cine, los teatros o los espacios donde se realizan megaeventos, hay elementos básicos que pueden distinguirse en términos de infraestructura y seguridad del espectáculo para participantes y observadores: la mantención de los recintos, el uso de tecnología, el nivel de profesionalización de los encargados de seguridad y el nivel de organización en general (A propósito, dado que en el cine, los circos y varios casos de teatros y conciertos los valores de ingreso son menores o similares a los del estadio, podemos ir descartando el solucionar el asunto vía valor de las entradas como hipótesis válida). Pero esto sólo nos ayuda a explicar el entorno físico (si bien estos hechos pueden afectar la predisposición del espectador, esto puede resultar más discutible) y como solución resulta incompleta: tenemos que pasar entonces a revisar los incentivos.

Un aspecto clave –y que es fundamental en teoría de incentivos- está en la asignación correcta de responsabilidades y la aplicación efectiva de sanciones en caso de incumplimiento de estas por parte de los involucrados: me inclino a pensar que ahí está la oveja (madre del cordero, se entiende(?)). El asistente al cine o teatro no se siente inclinado a arrancar el asiento y tirarlo al escenario en caso de que el espectáculo no lo conforme, principalmente porque la tecnología y el nivel de profesionalismo de los servicios de seguridad hacen que con casi total seguridad deba hacerse responsable íntegro de sus actos en el recinto; los conciertos funcionan mejor como ejemplo porque su escala es más comparable con el fútbol profesional (los hay de gran convocatoria y también para 200-300 personas) y los incidentes grupales son mucho más aislados, generalmente relacionados a la mala planificación, organización o logística de las productoras lo que causa un perjuicio directo en la experiencia del espectador. Una eventual “manzana podrida” en un evento de alta convocatoria es rápidamente identificada, aislada y controlada por una acción conjunta entre los encargados de seguridad y los espectadores, debiendo luego hacerse responsable ante la ley por sus actos.

 

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¿Por qué aquí resulta y no en el fútbol? Volvamos de nuevo a los incentivos: si hay un incidente violento en un evento de alta convocatoria, ¿cuál será la consecuencia para la productora encargada de la organización? ¿Y para la empresa de seguridad contratada, y para los encargados de seguridad en particular? Exacto. ¿Pasa lo mismo con las empresas y encargados de seguridad vinculados a los clubes? No está tan claro. Si un espectador realiza actos violentos o incita a la violencia en el mismo evento, ¿cuán probable es que deba efectivamente hacerse responsable ante la ley por su conducta? Bastante. ¿Pasa lo mismo con la VELE? No está tan claro. Esto ocurre porque las responsabilidades no recaen en las entidades correspondientes (el organizador no organiza, el encargado de seguridad no se encarga de la seguridad, el espectador no especta(?), etc.) y aún cuando lo hacen, no se aplican correctivos o sanciones a los responsables identificados. Usualmente se da un revoltijo en que el Estado culpa a la ANFP, la ANFP al local/organizador, el local/organizador al Estado y así sucesivamente, sin responsabilidades asumidas y con ganancia de pescadores.

¿Agregamos un elemento más? Es evidencia admitida el hecho de que existían nexos entre los grupos llamados barras bravas (perpetradores de la VELE al amparo de la institucionalidad, al punto tal de que llegan a adjudicársela (!) y no son disueltas por ello) y la administración de los clubes, incluso en la época de las sociedades anónimas. Hoy dichos nexos están prohibidos pero el cumplimiento efectivo de esta prohibición no es algo fácil de comprobar y la vigencia y métodos de operación de estas barras bravas no parece haber variado con el cambio en la ley. En definitiva, el mensaje que recibe el encargado de seguridad es el siguiente: “si haces tu trabajo, con total seguridad entrarás en conflicto con un ente violento y sin escrúpulos que puede que siga o no asociado con tu empleador (el que por supuesto, tiene todos tus datos y los de tu familia); si miras para el lado es probable que culpemos al Estado o a alguien más y puede que hasta recibas algún agasajo de parte de este ente violento”. O sea, sumar dos y dos. Con este enfoque te garantizas que los encargados de seguridad  (si es que todavía no entran en el negocio) al menos empiecen a exigir pronto ser parte de la operación.

En definitiva estamos en un zapato chino, o sea en un Xié (?). ¿Qué podemos hacer? A través del post di unas directrices generales de los casos en que es posible inspirarse (siempre entendiendo que hay matices), junto con confiar un poco en la experiencia internacional pero no en cualquiera ya que estamos hablando de realidades, causas y efectos distintos en muchos casos. Por último, algunas líneas generales sobre lo que a todas luces NO hay que hacer:

  • NO hay que hacer una caza de brujas con los elementos que los hinchas ingresan a los estadios (de hecho con esto se puede estar creando un nuevo eventual foco de VELE)
  • NO hay que prohibir el ingreso del hincha visitante al estadio (en Argentina se realizó y no disminuyó la VELE; en Inglaterra siguen teniendo hinchas visitantes sin desmanes).
  • Como ya dijimos, NO hay que subir los precios esperando que así se aleje el hincha violento (por si no me cree en Argentina ya lo intentaron y muy bien no les fue http://mundod.lavoz.com.ar/futbol/en-10-anos-las-entradas-para-el-futbol-argentino-aumentaron-700-por-ciento).
  • Si la salud económica de los clubes actualmente depende del número de abonados (Al estadio o al CDF) y no del de espectadores, NO hay que castigar los desmanes con fechas sin público.
  • NO hay que entrar en una guerra comunicacional contra un adjetivo (“Guerra contra el Terrorismo”, “Delincuentes se les acabó la fiesta”, etc.): usualmente eso revela un desconocimiento grave de la manera en que operan las células asociadas a dicho adjetivo.
  • NO hay que quitarle importancia ante la prensa a los incidentes con el fin de promocionar un plan de tinte político: dicha acción sólo relaja a los perpetradores del incidente y a los operadores del plan, nunca a la opinión pública.
  • NO hay que entregar herramientas o recursos a las barras bravas para que controlen internamente la VELE producida por sus facciones: además de que los usos suelen ser imposibles de rastrear, con esta acción se le entrega a la entidad validez, poder de negociación para discusiones futuras, un foco de disputa interna de los recursos (con la violencia que esto habitualmente conlleva) y una eventual razón para realizar actos de violencia si dichos recursos son retirados.
  • NO hay que organizar planes de acción de manera que queden “a la medida” de una entidad o de un torneo internacional venidero si esto va en contra de los objetivos del plan de acción.
  • Por último, pero no menos importante, NO hay que hacer lo que ya no funcionó en el pasado.