El hincha de toda la vida

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Una de las cosas que nos hemos dado cuenta al armar esta edición intelectual de nuestra querida página es que los relatos futbolísticos de chilenos son sumamente difíciles de encontrar. Acorde al nivel futbolístico, los cuentos de autores argentinos, uruguayos y de otras nacionalidades abundan, mientras que los chilenos escasean. En un esfuerzo de la producción(?) de UNDÉCIMO ARTE, nos encontramos por casualidad con un cuento de Juan Gabriel Araya, profesor universitario de la octava región que ha creado múltiples cuentos. En esta ocasión, el título de la historia es “El hincha de toda la vida”, que formó parte del Libro de cuentos llamado “Hinchas y Goles: antología hispanoamericana del cuento deportivo” de editorial Mosquito, editado por Poli Délano. Recibimos con sorpresa y sonrisas la acusiosa precisión del autor, que mediante su pluma describe detalladamente la personalidad de una parte importante de los fanáticos de Colo Colo. Sin más preámbulos, los dejamos con esta nueva edición de este pequeño espacio de lectura dominicial.

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El hincha de toda la vida

Juan Gabriel Araya

Cuando pierde Colo-Colo yo me preparo para las bromas del día lunes; yo no soy como otros que siempre le echan la culpa al árbitro, al tiempo, o al cambio de entrenador, yo acepto que pierda el Colo, pero lo que me da rabia es que me echen tallas y eso que no soy fanático… Me amurro a la hora de las comidas y quiero que pase luego el tiempo para cultivar otra vez ese deseo de triunfo que se va acentuando en la medida en que se acerca el día sábado o domingo. Mi cabro chico también es colocolino; el mayor es loco por la alba. Yo no sé qué pasaría si el chiquillo tuviera otra simpatía, sencillamente no lo podría soportar: por ejemplo, si fuera de la Unión Española, sería un desastre. No puedo ver a esos malditos coños. Yo no tengo segundo equipo, soy colocolino y punto. Soy definido en mis ideas y le tengo amor a la camiseta, si fuera futbolista no me iría nunca de mi club; y no aguanto que los jugadores veteranos, aquellos que siempre han sido del indio, se cambien a otro equipo por dos chauchas más. Si se hubiera ido el Pollo Véliz del equipo cuando éste pasaba por su época de oro, habría sido la ofensa más grande para lodos los hinchas que gritamos todas las semanas en los diferentes estadios en que juega. Reconozco que soy colocolino por herencia: mi padre, allá en mi pueblo, tenía una carnicería, de tal modo que cuando se trataba de hacer una manifestación al equipo de sus amores, era el primero en ofrecer un asado como dios manda: una vez, el equipo titular del Colo fue a jugar con nuestro seleccionado local: fue un día de fiesta inolvidable. Después del partido, el viejo invitó a los jugadores de ambos equipos y a sus dirigentes, más algunos vecinos importantes en el deporte más popular; creo que eran más de cien personas, pero sus gritos enfervorizados las duplicaban. Ese asado inolvidable fue uno de los acontecimientos más importantes de mi vida, yo era muy niño, pero aún lo recuerdo, jamás se me olvidará, al día siguiente conté el hecho histórico a todos mis compañeros de escuela:

-¿Saben una cosa? Ayer estuvo en mi casa todo el equipo del Colo-Colo, ¿qué les parece? Me ufanaba como un pavo, desperté la admiración y el entusiasmo de todos los chiquillos, los que abrían unos ojos como platos al escucharme admirados. ¡Qué suerte la tuya!

Mi taita era de los que apostaban dinero, cuando ganaba invitaba a todos sus amigos a pichanguear; si perdía, por supuesto que pagaba, pero cerraba las puertas de su casa y no recibía a nadie. ¡A nadie! Con decirle que un día de derrota fue a verlo mi abuelita y él conversó con ella a través de la puerta semiabierta, echándole en cara que no había hecho bien el pilato en su pañuelo, apretándolo bien, y que por esa razón el Colo había perdido. Acto seguido, sencillamente la echó de la casa: mi padre era cosa seria, usaba insignia en la solapa y a nosotros nos compraba camisetas blancas para que las luciéramos en el barrio, donde casi todos eran del Colo. Así era mi padre y de esa forma nos crió. Yo estoy orgulloso de ello, pues nos dio sólidos principios y nos entregó un sentimiento de amor hacia el fútbol, claro que sobre todo al Colo, por eso siempre he dicho que el Colo es amor, entrega, además de ser puro pueblo -como decía un ñato en San Miguel-, puro populacho, me parece que es el equipo más parecido al pueblo mismo. Recuerdo que en una oportunidad el Colo fue a jugar a Talca, ciudad donde yo vivía, puesto que trabajaba allí; como llegué un poco atrasado al estadio, me quedé sin asiento, y a pesar que había asientos vacíos entre los partidarios del Rangers, equipo rival del Colo ese día, no busqué allí acomodación, sino que me encaminé resueltamente al lugar donde se encontraba la barra de mi club. Partí, entonces, a las tribunas generales donde estaban instalados sus partidarios y dirigiéndome a ellos les dije con voz alta:

-¿No hay aquí, entre estos caballeros del deporte, un lugar para un colocolino de corazón? Mil gargantas me contestaron:
-Aquí, compadre, véngase a tomar con nosotros un pencazo. ¿Quién es Colo-Colo? gritaban en el colmo de la alegría, y respondían miles de gargantas ¡Chileee! Y por supuesto que me instalé allí.

¡Cómo comí y tomé aquella memorable tarde! Después de esa afortunada experiencia ¡cómo no voy a ser colocolino! El Colo-Colo no es como otros clubes, que tienen padrinos poderosos, colonias extranjeras que los protegen, ciudades y regiones importantes, no, no, este deportivo está amparado por todo el pueblo de Chile. No tiene gracia tener un equipo financiado por los turcos, por los conos o los bachichas, nosotros los chilenos, somos chilenitos para nuestras cosas, por eso cuando el club tiene problemas, los supera y sigue siempre adelante. No creo en ese cuento que hay pirañas económicas detrás de su directiva, ésas son patrañas, inventos; claro que a veces tenemos dirigentes malos, malos serán, pero nunca chuecos ni mal intencionados. Todos ofrecen su vida por la institución, su tiempo, incluso su dinero; no es cierto que haya habido malos manejos de fondos y, por último, tenemos los mejores abogados. He dicho, pero no soy fanático, si usted viera cómo son los verdaderos fanáticos cuando llega a perder el Colo; queman sus carnés, le tiran botellazos al árbitro, naranjas a los guardalíneas, le pegan a la señora, sacan cuchillo y se curan hasta las patas. Esos son fanatinchas y le echan el pelo a la leche. Yo no: claro que me molesta que me bromeen cuando pierde el Colo y no me gustaría que mis hijos fueran partidarios de otro equipo porque no podría conversar con ellos, simplemente, por eso seguiré insistiendo en hacer de todos ellos fieles defensores hasta la muerte del Colo-Colo…

Y saboreando amargamente su propio autogol, al empujar la pelota de saliva hacia el fondo de las mallas de su garganta, el hincha de toda la vida tomó su bolígrafo, y marcó con una crucecita su preferencia optimista por el equipo adversario del Colo-Colo en el concurso número 240 de la Polla Gol chilena; sin saber aún cuál iba a ser su comportamiento partidario el próximo domingo en el estadio principal del país, abandonó la agencia, pensando que esa cuestión de los principios era un asunto harto complicado.

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